
Camino de Cuaresma es tiempo propicio de conversión. Desde el primer día, miércoles de ceniza, la primera palabra de salida en este camino es: “Conviértete, y cree en el Evangelio”. Vivimos un tiempo de salvación, un tiempo de Gracia, un “Kairos”: “Este es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6,2).
¿Hacemos eco en nuestro corazón de esta invitación?
En este tiempo de 40 días, este estribillo se nos va repitiendo desde la Palabra de Dios que nos acompaña. “Conviértete, Israel, al Señor tu Dios, que tropezaste en tu culpa” (Os 14, 2). Nuestro Dios espera pacientemente que acojamos su promesa. Ya en los profetas se nos repite su anuncio y oportunidad. En Jesús el Dios hecho carne, hecho historia, el Dios con nosotros nos ofrece la plenitud, la oportunidad para acoger la salvación en nuestro hoy. Nos abre un horizonte de nuevas promesas, de esperanzas, de Vida en abundancia, en medio de las vicisitudes del mundo y de nuestras incoherencias y pecado. “Curaré su apostasía, los querré sin que lo merezcan (…) seré rocío para Israel (…) volverán a morar a su sombra” (Os 14, 5.8).
Y en contraste con este mundo del hombre moderno, que busca lo inmediato, que calcula con eficacia sus tiempos, que busca acumular likes y visualizaciones en RRSS, Dios nos llama a realizar un camino, un proceso constante de conversión al Evangelio (cf C. 47). Es un proceso como el tiempo propio del amor, que necesita madurar para dar fruto en una renovación constante de su respuesta[i]. Es tarea de toda la vida. Supone aceptarse con realismo en lo que uno es, e irse dejando en manos de Otro y otros para realizarse en lo que estamos llamados a ser. Necesitamos de tiempo en camino para irnos conformando a imagen del que nos ha creado con dignidad de hijos, y nos quiere seguir recreando a semejanza de su Hijo.
¿Cómo profundizar en el significado de esta llamada a la conversión constante para crecer en nuestra identidad y misión dentro del carisma oblato recibido?
La parábola del Padre misericordioso nos pone en camino de conversión. Volver es la acción de retorno que apela al término bíblico conversión.
Dios Padre mira a sus hijos desde el corazón. No sale corriendo a buscar al hijo que se ha ido, y se lo trae, quiera o no. Él, como Padre de la misericordia, respeta infinitamente su libertad, y está dispuesto a esperar y atraer al hijo con su mirada misericordiosa, “con vínculos de amor” (Os 11,4). Solo desde esta verdad de la mirada de misericordia de Dios nace una autentica conversión: es un cambio interior, que procede del don de Dios que llega al corazón del hombre y lo transforma.
¿Estamos dispuestos a dejarnos mirar y atraernos hacia su corazón misericordioso?
Contemplemos al hijo menor, el hijo pródigo. “Volvió en sí” (Lc 15,17). Vivió desde el interior de su corazón este giro. Vemos como su corazón estaba muerto y ha vuelto a la vida (cf. Lc 15, 24.32). Es el primer modo radical de la vivencia de la conversión. Entrar en la comunión de corazón con el Dios vivo, con aquel que nos ama paciente y gratuitamente. Nos hace entrar en la fiesta, en la gran familia de los hijos de Dios. Nos reviste con su traje de Gracia, nos pone el anillo de la alianza y las sandalias de peregrinos para seguir caminando en esta conversión del corazón.

Y contemplamos al hijo mayor. Quizá olvidó en qué casa moraba. Perdió la mirada del Padre con quien compartía su casa, y renegaba de los dones que poseía en la casa de su Padre. Su corazón se cegó. “Todo lo mío es tuyo” (Lc 15, 31). ¿Con qué mirada de misericordia le dirige estas palabras al hijo mayor? También él necesita de un cambio interior de su corazón. La llamada a volver a la mirada misericordiosa del Padre se hizo cercana, consciente: ya no vale vivir para sí mismo, sino para Aquel que es el Dador de todos los dones, y nos llama a compartirlos como hermanos.
La conversión del corazón procede de una presencia que da vida: es la mirada misericordiosa del corazón del Padre, capaz de regenerar todo lo que está roto, y renovar el don de lo que somos, hijos amados de Dios, llamados a vivir en la alegría de la fiesta que se hace fraternidad.

Irene OMI
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[i] JJ Pérez-Soba, La confesión, evento de misericordia, BAC, 2016.
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