Misioneras Oblatas de María Inmaculada

 Misioneras Oblatas de María Inmaculada

Un corazón grande como el mundo

Dublin con un Hermano OblatoMi mayor ocupación será amarle, mi mayor empeño, hacerle amar”.

Al escuchar estas palabras que San Eugenio escribió antes de regresar a Aix cuando iba a dar comienzo su ministerio sacerdotal, puedo reconocer las intuiciones que estarían al inicio del carisma oblato: Cristo está en el centro, es él quien nos llama y nos invita a colaborar con él en su misión. La obra de Dios siempre parte de algo pequeño, es en lo sencillo y humilde donde se complace el Señor.

El amor del Salvador crucificado que experimentó el Fundador un viernes Santo de 1807 y las lágrimas que brotaron de sus ojos fueron la brújula que dirigieron sus pasos… solo el Amor, la inmensidad de un amor que inunda, transforma, recrea, sueña y da alas a la caridad. Amor que es bondad, ternura, misericordia, compasión, abrazo... este Amor transformó la vida de Eugenio y le lanzó a la misión. La misión de anunciar el Evangelio a los pobres y a los más abandonados.

Con los sacerdote de la parroquia de los Ángeles

El corazón de San Eugenio se conmovió ante las necesidades de salvación que observaba a su alrededor, en su ciudad natal. Cada vez que paseaba por las calles de Aix y veía la realidad de los campesinos, de los artesanos, de los pobres a los que nadie predicaba la Palabra de Dios; de los presos a los que nadie acompañaba en los últimos momentos de su vida para darles una palabra de consuelo; de los jóvenes, que andaban abandonados, sin dirección… no podía si no oír en su corazón, a aquellos cuya condición pedía a gritos una esperanza y una salvación que solo Cristo les podía ofrecer en plenitud.

Quiero detenerme por un momento en un hecho acaecido en la vida de San Eugenio: viendo la necesidad real de los jóvenes de su tiempo, el Fundador se dedicó a ellos por entero creando la Congregación de la Juventud de Aix. Esta obra dio comienzo con siete jóvenes y en poco más de cuatro años llegó a contar con más de 300 miembros. De esta asociación nacerían algunos años después, muchas vocaciones que entrarían a formar parte del grupo de los Misioneros de Provenza. El ministerio con los jóvenes fue una actividad privilegiada para Eugenio, ellos que se sintieron amados y sostenidos por el Fundador, le demostraron también su cariño orando por él cuando se contagió de tifus al atender a los prisioneros de guerra austríacos. San Eugenio atribuirá su curación a la oración de los jóvenes. Providencialmente, esta enfermedad fue la causa que le hizo pensar, que para llevar a cabo la obra de la evangelización, él sólo no podía, sino que necesitaba de otros, así dio inicio la primera comunidad de los Misioneros de Provenza, origen de la Congregación de los Misioneros Oblatos. Dice San Pablo que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”, incluso de una situación de dolor, enfermedad, crisis, el Señor saca algo bueno que puede ser ocasión para crecer y acercarnos más a Él y para llevar adelante su obra preciosa de salvación. Quizá también este tiempo que vivimos de crisis, de enfermedad, de dolor, sea ocasión para que nazca algo nuevo en nosotros, en la Iglesia, en el mundo.

 

Me gustaría compartir con vosotros algunas llamadas e intuiciones que la experiencia y vida de San Eugenio suscitan en mí, como misionera oblata:

En primer lugar, desde el sentirse profundamente amado por Cristo crucificado y desear que otros conozcan también el amor del Salvador, descubro que esta experiencia llena por entero la vida. Al pensar en el origen de mi vocación, viene a mi memoria la experiencia de sentirme profundamente amada por Cristo en la Cruz. Este amor único tiene la asombrosa capacidad de ir dilatando nuestro corazón para poder amar a todos, para hacernos más humanos, más flexibles, más compasivos… Durante mi caminar como misionera oblata, en las diferentes tareas y responsabilidades que he desempeñado, he ido aprendiendo que lo importante es crecer y sobre todo, permanecer en el amor de Dios, sólo así se puede dar testimonio de las maravillas que Dios realiza en nuestra pequeñez. En las pequeñas tareas del día a día, el Señor me hace descubrir que lo fundamental es vivir en sencillez y humildad, con la mirada puesta siempre en él.

 Con los jóvenes oblatos de ChinaEn segundo lugar, estar siempre cerca de la gente. Desde los inicios de mi vocación siempre he experimentado que estar cerca de la gente no es una elección, sino que es una necesidad. Nuestro lugar está al lado de la gente, caminar con los hombres y mujeres de nuestro tiempo y amarles con el corazón de Cristo, con la bondad y ternura con que Dios les ama. Mirarles como les mira el Señor, ayudándoles a descubrir su dignidad de hijos de Dios. En el momento actual que vivimos me surge la pregunta ¿Cómo vivir esta cercanía a la gente? Ciertamente la pandemia causada por el covid-19 nos ha llevado como sociedad a una situación de incertidumbre, dolor, y miedo, nos ha exigido vivir confinados, aprender a vivir cumpliendo las medidas de seguridad y de distanciamiento social. Seguro que muchos de nosotros nos hemos preguntado ¿cómo puedo estar cerca de la gente ahora? El escenario que se nos ha presentado, nos ha puesto en la tesitura de ser creativos, de emplear la tecnología al servicio de la evangelización, estando cerca de la gente por medio de una llamada de teléfono, una conversación, nuestra oración, o poniéndonos al servicio de las necesidades de los más afectados por esta crisis, mostrando nuestro cariño y solidaridad.

En tercer lugar, una sobreabundancia de amor. En muchos momentos de mi vida he podido experimentar que recibo infinitamente más de lo que necesito, Dios es Amor, sólo Amor. Dice San Pablo en la segunda carta a los Corintios: “Siempre seremos ricos para ser generosos” no hay nada que no hayamos recibido y la invitación del Señor hoy y siempre es la de ser generosos, salir de nosotros mismos para ayudar al hermano poniendo al servicio de los demás los dones recibidos. Es entrar en la lógica de la gratuidad de Dios, que no es la nuestra, Dios se nos da, se parte y se reparte por amor en cada eucaristía, es la abundancia de un amor que no merecemos, pero que necesitamos para vivir.                                                                                                                      Perú 2018

Amarle y hacerle amar. La vida de San Eugenio me habla de disponibilidad a la obra del Señor, de entrega, de oblación. Una vida dirigida por el soplo del Espíritu, que, como el oro en el crisol, fue purificado para irse configurando con el Maestro. La misión fue dando forma a su vida, se dejó hacer por el Espíritu avanzando poco a poco en el camino de la santidad. Muchas veces experimento que el Sí que pronuncié el día de mi oblación perpetua, es un sí, que a pesar de ser débil y frágil, se va realizando día a día desde las pequeñas cosas cotidianas, sostenido por el Amor de Dios. Un Sí que exige estar disponibles para que el Espíritu Santo siga haciendo su obra y poder así participar de la misión de Cristo que se manifestará en el don del carisma recibido. 

 Mari Mar OMI