AsunTrabajar en un colegio siendo profesora de Religión, eso es lo que nuestra hermana Asun está haciendo desde hace varios años. El colegio es de las hijas de la Caridad y se encuentra en el barrio multicultural de Lavapiés en Madrid. Asun da clase a los alumnos de secundaria, pero también a niños de primaria. En este articulo nos comparte qué significa esta misión para ella, aunque actualmente ve a sus alumnos solo a través de la pantalla. En estos tiempos de cuarentena, más que nunca se empeña en dar un apoyo a sus alumnos.

“ES EL SEÑOR QUIEN LO HA HECHO, HA SIDO UN MILAGRO PATENTE” (Sal 117, 23)

Comunidad.vicencianaSer Misionera Oblata de María Inmaculada, es un regalo, y poder vivir mi vocación, día tras día, compartiendo lo que soy con todas las personas que forman la comunidad educativa (profesores, familias, alumnos, comunidad de Hijas de la Caridad, personal de administración y servicio) del colegio San Alfonso de Madrid, es otro regalo para mí.
    A lo largo de estos últimos años, me he preguntado algunas veces: ¿Qué hace una Misionera Oblata de María Inmaculada compartiendo misión con el carisma vicenciano? No tengo una respuesta, pero si la certeza de que el Señor me hizo llegar ahí hace cinco años, por y para algo. Si pienso en para qué, me sale con bastante naturalidad: “para ser quien soy estando cerca de la gente”, es decir, ser Misionera Oblata de María Inmaculada viviendo algo importante en nuestro carisma: “siempre cerca de la gente.” Y para compartir con otros lo que el Señor ha hecho y hace en mi vida de manera sencilla.

    Vivo con alegría mi trabajo, y sé que eso es señal de que lo vivo como parte de mi misión, no es una tarea sin más, no es simplemente dar contenidos a los alumnos/as para que adquieran conocimientos, mandar tarea, evaluar los conocimientos obtenidos…, sino el lugar en el que el Señor me hace crecer como persona y como consagrada.
    Cada uno de los alumnos y alumnas, de las diferentes etapas, de diferentes culturas, países, religión, es una persona única con su historia, algunas de ellas complicadas y no fáciles de vivir, que me hacen reconocer mi pobreza e impotencia ante las mismas, a la vez que me hacen descubrir y experimentar la grandeza de corazón de cada uno de los que formamos la gran familia vicenciana del colegio.
    Son muchos los momentos diarios en los que descubro que un gesto, una sonrisa, un acercarte con cariño, un silencio, una escucha, una palabra sencilla… son necesarios y buenos para que las personas puedan sentir que son valoradas, queridas tal cual son.
    A veces no somos muy conscientes de que nuestro testimonio, aún sin hacer mucho ruido, en el silencio, dice mucho de nosotros y acerca a otros al Señor. Poder descubrir esto en un gesto, en una conversación sencilla con algún compañero/a, algún alumno/a, alguna hermana, me hace estar atenta para vivir con coherencia mis palabras y acciones.
    En estos años también he podido ir viviendo de manera más consciente las palabras de una de nuestras reglas que dice: “Sabrán cultivar amistades sinceras que enriquezcan su personalidad de apóstol y le hagan más aptas para amar con el Corazón de Cristo. Desarrollando este don del amor, podrá darse a los otros, sin miedo y sin temeridad, con afecto franco y leal”. Palabras que traen a mi corazón personas concretas con las que he convivido y convivo, que me acercan al Señor en lo sencillo de cada día, que me animan a dejar que el Señor toque mi corazón, y me enseñan a no tener miedo de mostrarme tal cual soy, tanto ante situaciones que me alegran como ante aquellas que me causan dolor. Personas que me hacen experimentar la grandeza de la Iglesia, la posibilidad de vivir en comunión con otras personas que en un carisma diferente viven lo mismo que yo, porque quien nos une es el Señor y el deseo de que otros puedan reconocer su dignidad y encontrarse con Él.
Asun omi