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Las misioneras oblatas no concebimos nuestro modo de vivir la misión sin la comunidad. Es una de nuestras principales raíces, de las que se nutre nuestra vida consagrada y misionera. Es en ella, donde reconocemos que Jesús vive y nos hace crecer hacia la misión para ser luz en este mundo que busca una esperanza ante tanta oscuridad. El desafío del mundo es grande; las necesidades de salvación se hacen cada vez más patentes para nosotras. Como comunidades, deseamos renovarnos y responder a la llamada que Dios nos invita hoy

 

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 Eugenio de Mazenod escribía con cariño a sus oblatos de una de sus comunidades en formación, recordando aquel 25 de enero de 1816, cuando iniciaron su primera comunidad de misioneros:

“Mañana celebro el aniversario del día en que, hace dieciséis años, dejé la casa materna para ir a vivir en la misión. …Les aseguro que no perdíamos nada de nuestra alegría; al contrario, como ese nuevo modo de vivir contrastaba tan al vivo con el que acabábamos de dejar, nos reíamos con gana a menudo. Debía este buen recuerdo al santo aniversario de nuestro primer día común. ¡Qué feliz sería si lo continuara con ustedes!             

                     (Cf. Carta a Jean-Baptiste Mille et a los novicios et escolásticos, el 24 de enero 1831, E.O. VIII n. 383)

 

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Hoy, traemos esta experiencia de vida en comunidad, a nuestra memoria para agradecer nuestra vivencia actual de nuestras comunidades misioneras. Nos llena de gozo y esperanza recordar su experiencia de vida en comunidad. Es verdad que vivimos contextos históricos diferentes y la realidad del mundo ha cambiado; sin embargo, el deseo de vivir la misión a la que hemos sido convocadas y la alegría como signo vivo de la presencia entre nosotras, continúa en este espíritu de familia que hemos heredado, y del que nos sentimos agraciadas y agradecidas. 

Tras el discernimiento realizado del Instituto en el último Capitulo general celebrado en julio del 2019, destacamos tres aspectos a vivir en nuestras comunidades: una mirada creyente de la vida comunitaria para acoger lo que somos y poder celebrar y agradecer el don de la vocación recibida; una orientación hacia una misión común; y la acogida y hospitalidad como modos de evangelización.                                                                                                                                 

dia.mayoresComo flechas en nuestro camino, estas actitudes nos guían como comunidad. En este momento la comunidad de postulantado que se inserta en la comunidad parroquial de San Diego (Vallecas-Madrid),  va dando pasos con la novedad de los nuevos miembros que pertenecen a ella en este curso: dos postulantes, Jolanta y Theresa, polaca y alemana, respectivamente, realizan su segundo curso de postulantado. Y junto a ellas, tres hermanas de votos perpetuos que les acompañan, Patricia, Inmaculada e Irene. Caminamos juntas en el día a día, desde la conciencia de construir comunidad para ser células vivas, allá donde estamos y trabajamos, y acogiéndonos en lo que somos.
 
En nuestro camino, vamos respondiendo a las necesidades pastorales de nuestra zona (parroquia de San Diego, en especial, y colaboración en alguna otra de la zona). En este curso podemos destacar como novedad la participación en un nuevo proyecto de Caritas parroquial, en el que se ofrece un acompañamiento a nuestros mayores de la zona que viven la dura realidad de la soledad y el sufrimiento. Como grupo de voluntarios, laicos comprometidos, jóvenes que van creciendo en su camino de fe, franciscanos de la TOR y oblatas, vamos dando pasos en este proyecto misionero, siendo conscientes de que a través de nuestras personas, la presencia de Jesús que portamos por pura gracia, es la hace crecer la esperanza y da una alegría serena a estos preferidos del Señor.
 
Damos gracias por la comunidad, y cada una de las hermanas con las que vamos construyendo un camino misionero.