Misioneras Oblatas de María Inmaculada

 Misioneras Oblatas de María Inmaculada

Ser "molde"

¿Cuál es la forma que debo adquirir yo?

 “Todos en la Iglesia somos discípulos; y lo somos siempre, para toda la vida; 
y todos somos misioneros, cada uno en el puesto que el Señor le ha asignado. Todos.”

 

Estas palabras del Papa Francisco vinieron a mi mente cuando pensaba sobre la etapa de formación en la que me encuentro ahora mismo – el juniorado. Me estoy formando para ser misionera, pero, en realidad, lo he sido desde siempre por el bautismo. Solamente que ahora me doy más cuenta de ello. Soy misionera y, a la vez, discípula. Jesús me llama, me enseña y me envía. Creo que no son etapas sucesivas, sino que se entremezclan.

¿Cuál es la forma que debo adquirir yo?

 Las llamadas, el aprendizaje y el envío son siempre nuevos, a veces esperados, otras veces se dan por sorpresa y requieren un salir de mí misma para acogerlos con un corazón abierto. ¿En qué consiste mi formación en lo concreto? La palabra “formación” viene de la palabra latina formatio derivada del verbo formare. Uno de los significados básicos de este verbo es “otorgar forma a alguna cosa”. Alegrándome por haber ampliado mi vocabulario del latín con esta palabra me pregunto: ¿Cuál es la forma que debo adquirir yo? De repente me acuerdo de todos los moldes que tenemos en la cocina para hacer un bollo. Moldes de todo tipo, color, material y tamaño. Me imagino estos intentos costosos de entrar en cualquiera de estos moldes: un molde con el título YO que representa mis propias expectativas de mí misma; otro molde llamado DIOS que serían las expectativas que, según mi opinión, Dios tiene de mí y las que, por supuesto, a menudo me superan; un molde HERMANAS donde no entro ni de broma; otro molde PROFESORES que desean que nos hagamos filósofos y teólogos de primer rango; un molde FAMILIA que es la tela marinera; otro molde LA GENTE que supone que debes estar siempre de buen humor y con una sonrisa permanente por el mero hecho de ser “monja”. He tardado bastante tiempo en reconocer que el objetivo de mi formación no es éste. No es que mis formadoras y mis acompañantes espirituales no me lo dejaron claro. Lo que ocurre es que no es fácil quitarse de la cabeza todas las ideas que se tienen de cómo debería ser uno para responder a la llamada de Dios. Creo que, poco a poco, lo voy comprendiendo: es que en los encuentros conmigo misma, con Dios, con mis hermanas, con mi familia y mis amigos y con los demás voy dejando caer todas las máscaras que me solía poner. La formación no significa entrar en un molde de expectativas, sino al revés: olvidarme de las expectativas de todo tipo, salir de todos los moldes en los que intentaba meterme yo, o los demás, y fijarme en el amor que Dios siempre me ha tenido y me tiene. Que me ama tal y como soy porque para él soy perfecta, hasta en medio de mis imperfecciones y debilidades.

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Teniendo en cuenta todo esto me voy dejando transformar en los encuentros y misiones cotidianas: Mi comunidad es para mí una escuela de amor y de perdón, es un lugar donde me encanta estar y donde me siento acogida, aunque entre las hermanas tengo la mala fama de comer demasiado chocolate y de no enterarme de la mitad de las cosas por ser despistada. Luego tenemos encuentros de formación propios del juniorado para crecer en nuestro carisma y en la vida religiosa. En la universidad intento penetrar en las ciencias divinas y menos divinas y, a la vez, comparto momentos bonitos con mis compañeros de clase: seminaristas, religiosos y religiosas, laicos más o menos jóvenes. Nos formamos juntos como Iglesia, para saber acompañar a los que buscan respuestas a las preguntas existenciales. En mis tareas de pastoral participo en el proyecto de mayores de la parroquia de San Diego a través del cual se visita a personas mayores para compartir con ellos un rato. Yo y María vamos a visitar a Isabel, una mujer de 93 años, que, ya casi sin hablar y sin moverse, nos enseña mucho sobre qué es la vida. Además, los domingos voy a la parroquia Nuestra Señora de los Ángeles donde, junto con la hermana Vito, toco la guitarra en misa de doce y después de la misa llevo con Fernando, uno de los sacerdotes de esta parroquia, un grupito de chavales de postconfirmación. Por último, la experiencia misionera de Marruecos para jóvenes que llevamos las hermanas de la comunidad de juniorado, es una invitación a salir de mí misma hacia una cultura diferente por medio del encuentro con nuestros hermanos musulmanes y también con los inmigrantes subsaharianos que se encuentran en el norte de Marruecos.

Son estos encuentros y muchísimos más los que me van formando y transformando poco a poco. Pero el encuentro más importante es el encuentro con el Señor en la oración y en la Eucaristía de cada día. ¡Qué alegría poder compartir con Él el mismo piso! Le agradezco siempre de nuevo que me haya llamado para ser misionera, misionera oblata, para ser una mujer feliz y tener parte con Él en todo. Es lo que aprendo cada día siendo discípula y lo que deseo compartir en cada momento con los demás siendo misionera.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   Melania OMI