Misioneras Oblatas de María Inmaculada

 Misioneras Oblatas de María Inmaculada

Jornada mundial del migrante y del refugiado

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El domingo pasado, 14 de enero, celebramos en toda la Iglesia la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. En esta ocasión, me gustaría compartir este testimonio que escribí tras un encuentro en Tánger (Marruecos). A través de esta experiencia y de este encuentro, me adentré un poco más en el sufrimiento indecible, y también en la esperanza inquebrantable, que viven miles de hombres como él, en las costas del Norte de África.

Es una tarde, en Tánger. Estamos alojados en la casa de la parroquia francófona, al lado de la iglesia. Alguien llama a la puerta. Es un chico negro, alto, que viene de Camerún. Se llama Jean. Sólo habla francés y vienen a buscarme para saber lo que quiere…

 Él me dice que quiere hablar con un hombre de fe, con un hombre de Dios. Tardo unos minutos antes de entender -o más bien para reconocer y aceptar- que en esta tarde, puedo ser para él una mujer de fe, una mujer de Dios. Entonces, voy a buscar dos sillas y nos sentamos.

 

Me cuenta su historia… me cuenta su esperanza que se hundió, hace ya dos noches, en el fondo del mar Mediterráneo. Le escucho.

 

Es del Norte de Camerún. Me cuenta de Boko Haram, las amenazas, la explosión en un mercado que mató a sus padres y su hermana, un hermano pequeño que ha dejado allá, en su país… el camino del desierto, la travesía del Sahara, los cuerpos que caen y ya no se levantan, los 1000 dírhams (100 euros) que ha ahorrado trabajando en Argelia y que ha pagado al barquero para la travesía del Mediterráneo…, la patera, la noche oscura, las olas enormes, el miedo, los compañeros que huyen… su oración ante el mar “déjame pasar”… su valor, su fe, toda la fuerza que pone en remar otra y otra vez a pesar de la cantidad de agua que se abaten sobre ellos… y luego, el final de sus esperanzas cuando les coge la Guardia Costera marroquí… y me cuenta cómo siente de repente el frio que le invade.

 

Ya no tiene nada. Me dice que va a volver a Camerún y esta afirmación tiene en su boca el sabor de una derrota. ¿Volver para qué? ¿Para irse de nuevo nada más llegar? No hay esperanza allí. ¿Quedarse en Marruecos? Tampoco hay esperanza aquí… y ni siquiera le queda el sueño inaccesible, ante esta barrera infranqueable que es el mar, de una nueva vida en Europa.

 

Ha vuelto andando de la otra punta de la ciudad porque ha visto la iglesia cuando la policía marroquí le liberó, el día anterior. Me pregunta: “¿Existe Dios?” “¿Hay un Dios, por algún lado, que escucha mi oración, que escucha mi sufrimiento?” Y siento que soy, ante sus preguntas, el último baluarte frente a una desesperanza absoluta. Este hombre lleva en su corazón una fe, un deseo de vida y un coraje que me impresionan, y al mismo tiempo, la desesperación inmensa de no poder encontrar el camino de la vida…

 

Y me cuenta, una y otra vez… y le escucho contarme de nuevo. Veo las lágrimas en sus ojos, y es como si se vaciara en mí de todo su sufrimiento. Intento recogerlo… e intento devolverle una mirada humana, una mirada de ternura, una mirada que hable de esperanza.