Misioneras Oblatas de María Inmaculada

 Misioneras Oblatas de María Inmaculada

I Jornada Mundial de los Pobres

jornada.pobres“Pobres de Jesucristo, afligidos, desgraciados, sufrientes, enfermos cubiertos de úlceras… vosotros todos a quienes la miseria abruma, mis hermanos, mis queridos hermanos, mis respetables hermanos, escuchadme. Sois hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, los herederos de su Reino…”
(San Eugenio de Mazenod)
Estas palabras fueron pronunciadas por San Eugenio de Mazenod en un sermón en la Iglesia de la Magdalena de Aix-en-Provence a un público formado por personas que pertenecían a la clase más baja de la ciudad y para los que no había instrucción en provenzal, única lengua que hablaban.

Él quiso ser el “sacerdote y servidor de los pobres”, entregándose por entero a ellos, de la misma manera que Dios se entregó hasta la muerte en cruz por él. San Eugenio provenía de una familia noble. Aunque vivió la Revolución Francesa, deseaba hacer carrera y tener una vida acomodada. En un Viernes Santo, ante una imagen de Cristo crucificado, experimenta el amor de Dios, un amor pleno e inmerecido por su parte. Esta experiencia de Cristo Salvador le lleva a cambiar su vida para dedicarse al anuncio del Evangelio a todos aquéllos que piden a gritos la salvación de Dios.

“Me ha enviado a evangelizar a los pobres, los pobres son evangelizados”.
En estas palabras que aparecen escritas en el escudo oblato se resume la misión que Dios le encomienda a la familia oblata.

Y yo, como Misionera Oblata también me siento llamada a anunciar a Cristo a los más abandonados, a los pobres en sus múltiples aspectos, a todo aquél que pide una esperanza y la salvación en su vida. Pero, ¿hay pobres en mi barrio de Cuatro Caminos?, ¿cómo puedo acercarles a esta experiencia de la salvación? Os voy a contar la historia de dos niños, dos familias que han sido para mí los rostros de pobres, concretos y cercanos. Conocía a estas familias porque participan en la catequesis de la parroquia, pero me sobrecogió la situación en que vivían cuando me acerqué por casualidad a sus casas.

photo-1488546881144-bac05b0f3e65 002Kevin es un niño de 11 años que vive en una casa antigua en un sexto sin ascensor y fui a su casa para llevarle un papel. Llegué a la puerta, toqué al timbre y escuché cuchicheos en el interior pero nadie me abría. ¡Que vengo de la parroquia! Su mamá le tenía dicho que no abriera a nadie, pero al final abrió y pude comprobar cómo él y sus primitos habían pasado la tarde solos y se disponían a cenar.
Otro rostro concreto de la pobreza: un niño de seis años llora porque no quiere irse de la fiesta de la parroquia y su mamá está nerviosa porque lo tiene que dejar en casa antes de irse a trabajar. Para que el niño pudiera quedarse un poco más, le digo “no te preocupes, yo te lo acerco después”. Entrada la noche, al llevarlo a casa, mi sorpresa fue que abrió una adolescente que se encargaba de cuidarle a él y a su hermanito de pocos meses.

Aunque hoy nos puede costar identificar la pobreza, yo descubrí en estas familias la pobreza de unos niños que crecen sin la presencia de los padres. Son los “niños de la llave” (la llevan colgada al cuello para no perderla) y sufren la injusticia de que sus padres trabajan en jornadas de sol a sol. Durante varios meses me pregunté qué podía hacer yo ante esta situación que genera tristeza en los padres y soledad en los niños. El pasado fin de semana Dios me dio la respuesta. La parroquia organizó un día de excursión familiar y justamente estas dos familias se animaron a participar. Fue un gran regalo porque me di cuenta de que el camino es favorecer en mi parroquia la cultura del encuentro. Que la parroquia sea un lugar donde los miembros de las familias se puedan unir, salir al encuentro unos de otros, compartiendo la vida, ya sea en la catequesis, la Misa de Familias, delante de un bocata de tortilla… Todo esto nos ayuda a romper el círculo de la soledad.

Me alegra que el Papa haya convocado esta I Jornada Mundial de los Pobres, porque es una ocasión más de pedirle a Dios que su gracia mueva mi afecto y mi voluntad para poder decir como San Eugenio mis hermanos, mis queridos hermanos, mis respetables hermanos.
 
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Patricia omi